Lo primero, la receta, para que esté a mano si la vuelvo a buscar. Pero conste que más que la mezcla de aceites creo que el éxito se debe a la rebaja en la cantidad de agua y a los cambios en la técnica. Y a no ser una impaciente de coj… narices.

  • 155 g de agua
  • 115 g de sosa cáustica
  • 250 g de aceite de oliva
  • 150 g de aceite de coco fraccionado de ese
  • 125 g de aceite de girasol
  • 125 g de aceite de palma
  • 100 g de manteca
  • 25 g de aceite de ricino

Obsérvese la sustancial rebaja en la cantidad de agua. Como de costumbre, la mitad en cubitos de hielo, y se añade la sosa ya pesada al agua, nunca el agua a la sosa. Esto lo repiten mucho por todas partes, y mira, no necesito presenciar en persona los desastres apocalípticos que acaecerán si lo hago al revés. Hay que remover bien hasta que la sosa se disuelva y luego de cuando en cuando hasta que esté transparente. Sin prisas, que la temperatura tiene que llegar a los 40º. Una vez a 40 g habría que haberle añadido 1/2 cucharada de lactato de sodio, pero se me olvidó por completo. Y adivinad qué: no se ha notado nada de nada.

Señalo aquí también que he prescindido del óxido de zinc. En general me da repelús cambiar dos cosas a la vez en una receta, porque luego a ver cómo adivinas qué daba problemas, si el exceso de agua o el zinc de las narices. Pero bueno, como el zinc no servía para nada (para hacer el jabón más blanco en teoría; en la práctica, efecto casi imperceptible), fuera con él.

Aparte, se derriten las grasas sólidas y se añaden las líquidas. La mezcla tampoco debe estar demasiado caliente. Unos 40º. Resulta que eso de que la sosa y las grasas tengan que estar a la misma temperatura es leyenda urbana jabonera, y yo me la había tragado. Pues eso: juntamos todo, y batidora, con la técnica habitual: tres-cuatro segundos de batidora, remover, repetir… Hasta que tengamos la traza fina. Una pista: siempre, siempre, entra agobio pensando que hay que seguir batiendo. No lo hagas. No sigas batiendo. ¿Esa última pulsación a la batidora que te mueres por dar? No. Para. No.

Como siempre, al molde, molde tapado, molde envuelto, molde olvidado 12 horas. ¡Y funciona!

Qué hemos aprendido: Que los ríos de glicerina no tienen por qué ser parte de mi vida. Y, por ponernos puñetitas, que el cuchillo tiene que estar bien afilado. Mirad qué diferencia de corte entre un cuchillo bien afilado y uno chungo. (Esta imagen es un macro y viene del futuro, de los jabones de romero que aún no había hecho cuando escribí esta entrada, pero sirve para ilustrar bien el concepto).

Antes y después de afilar un cuchillo

 

Actualización: Vaya por dios. Resulta que, según Soapcalc, mis jabones hasta la fecha tienen una barbaridad de ácido linoleico. Eso es por el aceite de girasol. En esta receta en concreto el valor que da es 19 (¿19 qué? Ni idea), y es conveniente que esté por debajo de 15. De hecho, lo que tiene que estar por debajo de 15 es la suma del ácido linoleico y el ácido linolénico, y como el linolénico lo tengo en 1 (¿1 qué? De nuevo, ni idea) el total es 20. 20 es más de 15. Siempre se me dieron bien las matemáticas.

Por lo visto, en principio no pasa nada, pero los jabones que se salen de los valores recomendados en esos dos ácidos tienden a desarrollar DOS, Dreaded Orange Spots (Horrorosos Manchurrones Anaranjados). A enranciarse pronto, vamos. Así que la solución es bajar la proporción de aceite de girasol (ojo con el de maíz, que también tiene un porcentaje alto) y regalar rapidito los jabones ya hechos antes de que les salgan los puntos esos y huelan a manteca rancia.