Por ahí os he contado ya lo que es el sobreengrasado, aunque mi amiga Ángeles Pavía Mañes me ha dado un par de pistas muy útiles que pienso poner en práctica en cuanto pueda. Pero hoy no va de pistas útiles. Hoy va de desastres. Acompañadme en el relato de los dramáticos acontecimientos que tuvieron lugar cuando cambié de marca de sosa cáustica.

Para empezar por lo básico, el sobreengrasado es el aceite «extra» en la fórmula, el que no forma parte de la reacción con la sosa cáustica para hacer jabón. Ese aceite extra va a conservar sus propiedades. De ahí que sea tan interesante. Se puede añadir de dos maneras: con todos los aceites, y que la sosa cáustica reaccione con los que le dé la gana, o cuando la mezcla ya está emulsionada. Yo suelo hacer lo primero, y la técnica de mi amiga Ángeles es la segunda (espóiler: se la voy a copiar). En el primer caso, lo de «sobreengrasado» llama a engaño, porque más que añadir aceite extra lo que haces es quitar sosa. Las cantidades con un tema delicado, así que no dejéis de echar mano de una calculadora jabonera estilo Soapcalc.

Volvamos al día de los hechos. Siempre he utilizado sosa cáustica de Mercadona, de su marca Bosque Verde, y oye, ni un problema, pero el último bote lo compré en otro supermercado que no mencionaré (Masymas), de una marca que prefiero olvidar (Diranzo).

La primera pista de que algo iba mal fue al abrir el bote. O intentarlo. Era obvio que no querían que lo consiguiera. Hay cárceles de alta seguridad y bóvedas de bancos más accesibles que ese puto bote. Estamos hablando de un producto peligroso, la sosa cáustica, sí. Todas las marcas tienen envases «a prueba de niños». Esta lo tiene a prueba de niños de 9 a 90 años. Niños mañosos, además.

Hice caso omiso de los presagios. No presté atención a los posos del té ni eché un vistazo a las entrañas del cordero que acababa de sacrificar, sobre todo porque venía ya en forma de chuletas y ahí queda poca entraña. Y no tomo té. El caso es que seguí haciendo mi jabón como de costumbre: puse la sosa en la mezcla de hielo y agua, y removí. Y removí. Y removí. Y aquello no se disolvía ni pa dios. Segunda pista de que la cosa iba mal, fatal.

Pensando que habría quedado algo de sosa sin disolver, pero no mucha, preparé el resto de los ingredientes, pero, previsora que soy, filtré el agua con la sosa antes de añadirla a los aceites. Y tercera pista: lo que quedó en el filtro fue una cantidad enorme. A ojo, como un tercio de la cantidad total que había añadido.

Ya con la mosca detrás de la oreja, seguí como si no pasara nada, a ver si el jabón no se enteraba de que aquello pintaba mal. Y oye, por un momento pareció que podía salirme con la mía. La mezcla emulsionó bien, se comportó cuando le añadí aceite esencial de mejorana, alcanzó una traza media ideal para la decoración que tenía en mente, quedó de un color aceptable con los pigmentos… Todo era un truco para que me confiara. Ahora lo sé.

Y me confié. Hice el vertido en los moldes y al horno que fueron, como siempre, a 70º durante una hora.

Ni siquiera hubo que esperar la hora entera para ver que la catástrofe se había consumado. El jabón estaba sudando aceite como si acabara de correr una maratón, y el olor…

Ah, el tema del olor. Se me olvidaba comentar. He utilizado la misma fórmula que para el jabón de karité, y esta vez el aceite de oliva era reciclado, concretamente de freír pescado. Mucho pescado. Eso no tiene nada de malo, todo lo contrario. Recicla, recicla, que al planeta le hace falta y al jabón no le importa: el proceso de saponificación acaba con todos los olores, y también con las partículas de fritanga que no hayas colado del aceite. Pero… ahí entra el tema del sobreengrasado, que como hemos visto antes consiste básicamente en una reducción de la cantidad de sosa cáustica. Y aquí la sosa estaba muy menguadita. O sea, el sobreengrasado era alto. Un sobreengrasado principalmente de pescado frito.

El resto es historia, triste historia. Esperé 48 horas para desmoldar el jabón, que tiene la pinta deplorable que veis en la foto. Ni puñetero caso al de la izquierda, que fue un intento de salvar una parte, pero el olor no se quita ni con aguarrás. Una pena de ingredientes y tiempo, pero a la basura que va, y me quedo con la lección aprendida.

Añado: he probado a disolver la sosa sin el hielo, en agua a temperatura ambiente, y nada, igual. Tal vez habría que probar con agua caliente, pero eso es complicarme mucho la vida. El bote de sosa cáustica se va a la basura con el jabón. Volveré a mi marca habitual, le pediré perdón por haber sido infiel y seremos felices para siempre.