Vamos a correr un tupido velo sobre mi último intento de darles vidilla a los colores que compré. Se me ocurrió forzar una gelificación potente sin descuento de agua ni nada… y madre del amor hermoso. Ríos de glicerina, océanos de glicerina. Los colores, sucios, y en cuanto a intensidad ni se inmutaron. Fue un fracaso tan fracaso que ni le hice fotos para la sección de fracasos. Así de fracaso.

Lo que sí hice fue dejar endurecer el lingote, que encima tardó lo suyo (qué poquito me gusta trabajar sin descuento de agua), desmoldarlo y cortarlo en tiras a lo largo. Luego, cada tira en daditos. Y luego, mezclar los daditos con un jabón básico normal, con un poco de dióxido de titanio para que quedara más blanco.

Oye, y no ha quedado ni medio mal. Así que ya sabéis: detrás de cada jabón confeti triunfante hay detrás un intento de otra cosa que salió mal.

Un par de cosillas que hay que tener en cuenta: el «confeti» no puede estar duro como una piedra, o cortar el lingote de jabón va a ser una experiencia entretenida. Si calculas que un lingote no va a tener más salida que el reciclaje, córtalo en cuanto puedas y guárdalo en una bolsa de plástico. Y otra: si el «original» llevaba algún tipo de fragancia, la del lingote nuevo tiene que ser compatible, o el resultado va a ser un poco rarito.