La receta (¡no recomendada! Pero la dejo aquí para que quede constancia):

  • 240 g de agua (la mitad en cubitos de hielo)
  • 120 g de sosa cáustica
  • 1 cucharada de lactato de sodio ¡OJO, ERROR!
  • 6 g de óxido de zinc ¡OJO, ERROR!
  • 125 g de aceite de girasol
  • 150 g de aceite de coco fraccionado de ese. No lo iba a tirar.
  • 125 g de aceite de palma
  • 250 g de aceite de oliva
  • 50 g de aceite de ricino ¡OJO, ERROR!
  • 100 g de manteca de cerdo (ibérico, que es la que tenía; vaya desperdicio).

De pequeñita nunca me regalaron el Quimicefa, así que tenía ganas de sacarme la espina. De ahí que, en cuanto se me ha presentado la oportunidad, he echado mano de cosas como el lactato de sodio (sirve para que el jabón se endurezca antes y sea más fácil desmoldarlo) y el oxido de zinc (sirve, en teoría, para darle un color más blanquito).

Lo primero es disolver el óxido de zinc en 2 cucharadas del aceite de girasol (sacadas del total). Creo que al final fue en cuatro, porque aquello era una pasta que no se disolvía ni pa dios.

Luego, calenté juntas todas las grasas hasta que se disolvió la manteca. Lo dejé ahí aparte, pero, como veremos luego, no tanto rato como debería haberlo dejado.

Mientras, preparé la mezcla de agua y sosa, ya sabéis, con mucho cuidadito y todas las precauciones. La verdad es que haciendo la mezcla con hielo ni coge tanta temperatura ni suelta tantos vapores horrorosos, pero bueno, mucho cuidado de todos modos.

Luego añadí el lactato de sodio a la mezcla de agua y sosa ya tibia. Sin problemas hasta ahí. Añadí el óxido de zinc a la mezcla de aceites. También sin problema, aunque la verdad es que no dio la blancura que me esperaba. Eso me debería haber hecho sospechar.

Por último, con cuidadito, añadí la mezcla de sosa y agua al aceite, y metí la batidora. Y ahí fue donde se armó. En vez de los 5-10 minutos que te dicen que tarda en emulsionar, en llegar a la “traza”, a los quince segundos tenía la consistencia de unas natillas. Unas natillas de esas que has hecho a fuego demasiado fuerte y se te están pegando por el fondo. Con un poco de pánico (lo de “poco” es por no quedar como una histérica) seguí batiendo hasta que al menos la cosa quedó homogénea y lo volqué de inmediato en el molde.

Tapa de cartón, envuelto en toalla y a reposar. Esta vez sin horno. Esta vez sin destapar para mirar… nah, mentira. Destapé. Un poquito. Y ahí estaba otra vez, el puñetero cerebro de alien, aunque menos marcado. Al menos un progreso.

Consultados los expertos jaboneros, desmoldé la barra pasadas 6 horas en lugar de esperar 12, porque por lo visto en esta receta sobran aceite de ricino y lactato de sodio, y  se iba a endurecer muy rápido. Y ni un minuto demasiado pronto: si llego a esperar más la barra habría sido incortable.

Y aquí me encuentro por primera vez con los infames ríos de glicerina, de los que se habla en susurros en los foros jaboneros. La parte buena: no tienen nada de malo. El jabón es jabón y funcionará perfectamente como tal. La parte meh: hay gente que los encuentra hasta bonitos. Bueno. Sobre gustos. La parte mala: existen. No quiero que existan. No en mi jabón.

 

Errores cometidos: ¿Por dónde empiezo?

Cántidad de lactato de sodio: me pasé una burrada. Habría que haberle echado la mitad. El lactato de sodio sirve para que el jabón se endurezca antes. Vaya si se endureció. Poco más y no puedo echarlo en el molde.

Cantidad de aceite de ricino: otra burrada. En esta receta es casi el 7%, mientras que se recomienda que en la receta no pase del 4%. Eso también hace que la traza se acelere. Esto me ha quedado super profesional: se dice que la traza se acelera cuando la mezcla se espesa demasiado deprisa.

Cantidad de óxido de zinc: me dicen que aquí me quedé corta, que ponga como el doble. Veremos. Tengo dudas.

Temperatura del aceite: la burrada más gorda. Estaba como a 70º. Tendría que haber estado a 35º-40ºIgual todo lo demás habría pasado, pero esto… puff. ¿Traza? ¿Quién dijo traza? La mezcla se podría haber dispensado con manga pastelera.

 

Cosas adicionales que he aprendido:

El lactato de sodio ese, bueno, tirando a innecesario. Acabaré el bote, pero no compraré más. La niña que quería su Quimicefa ha sido vengada. El lactato de sodio se puede sustituir por una cucharadita de sal por cada medio kilo de aceites disuelta en la mezcla de sosa, y solo sirve para que el jabón se endurezca antes. Luego no se cura más rápido, ni es más duro a largo plazo.

Por lo visto lo de que la mezcla de agua/sosa y la mezcla de aceites tengan que estar a la misma temperatura es un mito. Para que te fíes de los vídeos de Youtube.

Actualización: Vaya por dios. Resulta que, según S0apcalc, mis jabones hasta la fecha tienen una barbaridad de ácido linoleico. Eso es por el aceite de girasol. En esta receta en concreto el valor que da es 19 (¿19 qué? Ni idea), y es conveniente que esté por debajo de 15. De hecho, lo que tiene que estar por debajo de 15 es la suma del ácido linoleico y el ácido linolénico, y como el linolénico lo tengo en 1 (¿1 qué? De nuevo, ni idea) el total es 20. 20 es más de 15. Siempre se me dieron bien las matemáticas.
Por lo visto, en principio no pasa nada, pero los jabones que se salen de los valores recomendados en esos dos ácidos tienden a desarrollar DOS, Dreaded Orange Spots (Horrorosos Manchurrones Anaranjados). A enranciarse pronto, vamos. Así que la solución es bajar la proporción de aceite de girasol (ojo con el de maíz, que también tiene un porcentaje alto) y regalar rapidito los jabones ya hechos antes de que les salgan los puntos esos y huelan a manteca rancia.