En los grupos jaboneros yanquis se pasan la vida haciendo jabones con leche de cabra. Una vez me atreví a asomar la patita y a preguntar por qué: por qué con leche, por qué específicamente leche de cabra… La respuesta fue el silencio, tú. Un silencio estrepitoso. Si los grupos de Facebook tuvieran banda sonora habría sido algo de Morricone, con bolas de vegetación arrastradas por el viento en medio del desierto.

Googleando, parece ser que la leche de cabra tiene ciertas cosas que hacen cosas. Ni me molesté en memorizar cuáles. Seguro que tiene cosas, ojo. Eso no lo dudo. Lo que no sé es si esas cosas sobreviven al proceso de saponificación, ni qué cantidad de cosas hacen falta para que las cosas hagan alguna cosa, ni si el tiempo que permanece la espuma del jabón sobre la piel es suficiente para que las cosas hagan sus cosas. Ahí está la cosa.

Dicho lo cuál, a mí lo de enseñarme un ingrediente nuevo, y además potencialmente complicado, es como agitarme un trapo rojo. Así que ahí me tenéis, comprando leche de cabra en el Carrefour (aunque sospecho que los jaboneros yanquis tienen cada uno una cabra en el patio).

Soy suicida, pero no tanto como para lanzarme a preparar en cantidad un jabón potencialmente catastrófico. Visto con retrospectiva, lástima, porque con el mismo trabajo habría hecho el triple… y el resultado es sensacional. No sé si las cosas de la cabra hacen cosas especiales, pero el jabón es muy bonito, cremoso y hace una espuma divina incluso sin curar.

Como receta vale cualquiera, aunque he tirado por grasas «blancas» (sí, lleva manteca de cerdo, alerta para vegetarianos). También bastante aceite de coco, un 30%, con lo que el sobreengrasado lo he subido al 12% para compensar. Aparte, aceite de oliva, de almendra y de ricino. Lactato de sodio para endurecer y aceites esenciales (una mezcla de clavo, romero, citronela, salvia, cedro y lavanda, porque me gusta complicarme la vida) fijados con caolín blanco.

Aparte de todo es el chiste, como os podéis imaginar, es sustituir el agua por leche de cabra. Y no se puede hacer así, a lo bestia.

Lo primero es congelar la leche de cabra en cubitos. Luego pesamos la cantidad de sosa y la vamos añadiendo a los cubitos poco a poco, sin dejar de remover. Al principio aquello no reacciona ni pa dios, pero enseguida los cubitos se empiezan a deshacer. Es importante seguir removiendo y añadiendo la sosa poco a poco hasta que se disuelva por completo. La mezcla de sosa va a quedar mucho más fría que de costumbre, así que en esta ocasión conviene que los aceites estén un poquito más calientes que de costumbre. ¡Un poquito, no mucho! 40º y van que chutan. De lo contrario, al añadir la sosa fría, las grasas sólidas nos darían una falsa traza de libro. En esta ocasión, para no trastear más de la cuenta, he añadido el lactato de sodio a los aceites, me he encomendado al santo patrón de los jaboneros, que no tengo ni idea de quién es si es que lo hay, y he añadido la sosa.

Muy bien, oye. La temperatura ha subido, claro, pero la mezcla no se ha «quemado». Ni siquiera ha cogido mucho color, apenas un crema más oscuro. Por lo que he leído, si se llega a quemar, aparte del color, el olor amoniacoso habría sido notable, pero también habría desaparecido a los 10-15 días de curado del jabón. Así que no habría sido una tragedia, pero vamos, mejor así. En el último momento, ya con una traza muy ligera, he añadido los aceites esenciales con el caolín.

Con este jabón es importante evitar la gelificación, así que los moldes han ido directos al congelador durante un par de horas. Cuidado, que al sacarlo parece que el jabón ya está para desmoldar, y no. Lo que está es congelado. Déjalos tranquilitos en los moldes hasta el día siguiente o hasta que los notes firmes, pero a temperatura ambiente.

Resumen: sigo sin saber qué cosas hacen las cosas de las cabras, pero los jabones son preciosos y va a ser un gustazo utilizarlos. Me voy a agenciar más moldes individuales, que estos jabones, no sé por qué, me piden pastillas menos angulosas, más redondeaditas.