Cuando hablamos de jabón casero el primero que viene a la cabeza es el de 100% aceite de oliva. Generalmente aceite de oliva frito y refrito hasta extremos de hamburguesería cutre, y reciclado para hacer un jabón color blanco crema que se utiliza principalmente para la ropa. Ese es el jabón de castilla. Y, como la lluvia en Sevilla, es una maravilla: barato, ecológicamente sensato y excelente tanto para la ropa y la limpieza doméstica como el aseo personal.

¿Todo son ventajas? Casi, pero no. El jabón de castilla de verdad, el que se hace sin más grasas que el aceite de oliva, tarda mucho en poder desmoldarse (a no ser que eches mano de unos cuantos trucos). Eso, si eres paciente, no representa mayor problema. En mi caso es letal. Peor aún: en general los jabones caseros se pueden utilizar con toda normalidad a las 4-6 semanas de desmoldarlos. El de castilla empieza a estar bien a los seis meses, y perfecto pasado un año. A saber a qué me estoy dedicando yo dentro de un año. Igual sigo haciendo jabón. Igual me he entusiasmado con la cría de caracoles.

Otro problema del jabón de castilla, este más relativo, es la espuma. La espuma es muy cremosa, pero escasa. A mucha gente esto le parece una ventaja: menos espuma, menos aclarado, y no afecta a la limpieza. Otros, en cambio, no lo llevan bien. Si estás planeando una sesión fotográfica de glamour con una bañera llena de burbujas y una copa de champán puede que no sea el jabón ideal.

Para solucionar de golpe todos estos problemas nació el jabón de bastilla. ¿De dónde viene el nombre? Cuenta la leyenda jabonera que se debe a que es un castilla «bastardo». Vale, aceptamos pulpo. Para hacer un jabón de bastilla se utiliza un mínimo de 70% de aceite de oliva, y el resto de otros aceites, generalmente de coco y de ricino con el objetivo de potenciar la espuma. Ya no es tan barato ni tan ecológico, claro, y tampoco es tan «multifunción»: al llevar aceite de coco conviene añadir sobreengrasado si se va a utilizar para el aseo personal, pero no si es para limpieza doméstica.

Una vez vistos pros y contras, cada uno que elija el que le dé la gana. Reconozco que yo hago trampa con el de castilla: le añado lactato de sodio para desmoldarlo antes de hacerme vieja, y también miel para potenciar la espuma. Pero seguro que mi abuela no se daría cuenta si no se lo digo. Además, ella hacía jabón 100% manteca de cerdo (que también es estupendo, ya que lo mencionamos).

La receta del jabón de castilla no puede ser más sencilla (vaya día de rimas tengo hoy). Para el clásico, por cada kilo de aceite, 200g de agua y 135g de sosa cáustica. Eso sin trucos. Si se quiere hacer un poco de trampa, se pueden añadir dos cucharaditas de sal y dos cucharaditas de azúcar al agua, y disolver perfectamente antes de añadir la sosa. La sal sustituye al lactato de sodio (si lo tienes, añade dos cucharaditas a la mezcla de sosa y agua una vez fría), y el azúcar, a la miel (si prefieres tirar de miel, disuelve 2 cucharaditas en un poco de agua y agrega a la traza).

Si quieres un bastilla para poder usarlo en condiciones en 4-6 semanas, en lugar de 4-6 meses, prueba con 800 g de aceite de oliva, 150 de aceite de coco y 50 de aceite de ricino. Este lleva 250g de agua (no conviene trabajar con tanto descuento cuando hay grasas sólidas como el coco) y 132g de sosa cáustica: los aceites de coco y ricino requieren más sosa para la saponificación, pero para compensar que el de coco es un poco agresivo le añado un sobreengrasado del 7%. En caso de que quiera el bastilla para la ropa o limpieza doméstica, no lleva sobreengrasado, así que son 142g de sosa cáustica. Ah, ¿no os habíais dado cuenta? El sobreengrasado es en realidad un descuento de sosa. Nunca te acostarás.